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Francisco Romero

Francisco Romero fue un periodista mexicano independiente, especializado en nota roja, colaborador del periódico Quintana Roo Hoy y fundador de la página de Facebook “Ocurrió Aquí”, desde donde cubría hechos de violencia en Playa del Carmen. Su trabajo expuso a constantes amenazas, por lo que contaba con medidas de protección del Mecanismo para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. Fue asesinado el 16 de mayo de 2019 en Quintana Roo, en un contexto de alta violencia contra la prensa en México, país considerado ese año como el más mortífero para el ejercicio periodístico.

Una entrevista imaginada es una forma de animar la voz de alguien ausente. Mariana Beltrán nos trae un diálogo posible con Francisco Romero, construido con elementos que él mismo dejó durante su corto paso entre nosotros. Con diversos fragmentos, se elabora fiel a la personalidad literaria de este periodista ausente.


El 'Ñaca Ñaca', la pura neta del periodismo Entrevista imaginada a Francisco Romero
Por: Mariana Beltrán

Lo encuentro en la zona perimetral, de pie junto a su moto, iluminado por el latido azul y rojo de las patrullas. A unos metros, los otros reporteros esperan detrás de la cinta amarilla, tomando notas rápidas o dictando en voz baja a sus redacciones. Francisco no esperaestá adelante, casi tocando la línea prohibida para documentar el hecho mientras dos oficiales intentan marcarle el alto con gestos cansados.

Lleva un chaleco antibalas sobre su camisa roja brillante y el casco calado hasta las cejas. Sostiene el celular en alto, hablándole en vivo a los más de treinta mil que siguen Ocurrió Aquí. Treinta mil seguidores en Facebook confían más en él que en los noticieros locales.

Volver a la calle fue su manera de recuperarse a sí mismo después de haber salido de Quintana Ro, México, porque su vida estaba en riesgo.Cuando regresó, Francisco se puso sus sandalias, traía su camiseta a rayas y un short amarillo. Se atravesó el morral al cuello, agarró su casco y se fue en la moto al primer aviso que le llegó de un choque multitudinario. Así fue su regreso: con lo puesto, sin protocolo, directo al oficio.

—¡A ver, a ver! Miren la hora que es y la situación, mish amijos… —refunfuña al teléfono mientras ajusta el cuadro con ese timbre gangoso que toda Playa del Carmen reconoce—. La autoridad no nos deja pashar, ¿verdad? ¡Pero no importa! Eshtamos aquí, a dos pasitos de la eshena. ¡Compartan, que eshto es nota roja! No se me vayan, que aquí seguimos con el ñiki ñiki del problema.

A Francisco Romero, el gremio y el público lo conocen como el “Ñaca Ñaca”. El apodo salió de su manera de hablar, marcada desde el nacimiento por un labio leporino. Lo que para muchos habría sido una traba, él lo convirtió en sello: una voz rara, propia, reconocible al instante.

Su presencia incomoda. Siempre incomoda.

El Ñaca Ñaca es el primero en llegar a todos lados. El primero en saber la nota. El que hace ver a los demás como principiantes. Sus fuentes no son comunicados: son los camilleros, los policías, los taxistas, los números desconocidos que le mandan mensajes a cualquier hora del día o de la noche. En las redacciones ya es un chiste viejo:

—Oye, pasó algo.
—Ay, güey… ya está Francisco transmitiendo. ¡Córrele!

Me acerco al tumulto y él por fin me ve. Me lo confirma levantando rápidamente la barbilla. Apaga el en vivo por primera vez en varios minutos, no sin antes avisar que más tarde actualizará de nuevo. Guarda el celular en el chaleco, respira hondo y barre la escena con la mirada, como si comprobara que nada se le escapó. Luego se vuelve hacia la moto, ajusta el manubrio con un gesto rápido, casi automáticoy regresa a mí.

—¿Entonces qué, empezaaamos? —dice, golpeando la “a” como siempre. Enciendo la grabadora.

—Ñaca, volviste del exilio directo a la calle, sin pensarlo. ¿Qué te hizo regresar así?

—Mira, bróder… la extracción me partió. Nadie te lo dice así, pero allá uno se muere de otra manera. Sí, tenía todo: depa bonito, despensa llena, servicios, seguridad. Lo que se supone que te tranquiliza. Pero estaba solo. Todo el día. Solo. Y en la noche peor. Yo le decía a un camarada: “Ya no aguanto, bróder brother. Ya no puedo. No sé qué hacer. Aquí no tengo nada que hacer.” Y él me preguntaba: “¿Pero te tratan mal o qué?” Y yo le decía: “No, bróder brother… de hecho estoy mejor que hasta en mi casa.” Era eso: no tener qué hacer. No escuchar un pitazo. No salir corriendo a la calle, ni andar en la moto ni asomarme a la urgencia. No tener a la gente escribiéndome: “Ñaca, ¿qué pasó?” Mi camarada me decía: “Métete a informar en Campeche.” Y yo pensaba: “¿Pa’ qué? ¿Pa’ que me vengan a buscar? ¿De qué sirve entonces la extracción si van a saber que estoy en Campeche?”

Y pues… de un día pa’ otro regresé. Así nomás. Sin pensarlo mucho. Cuando llegué, le llamé a mi camarada y le dije: “Ya regresé, bróder brother. Ya estoy aquí en Playa”.

—No estudiaste periodismo. ¿Dónde aprendiste a reportear así, tan en caliente?

—Pues… yo no sabía nada de esto, bróder brother. Yo repartía comida y el periódico. Andaba en la moto dejando el Respuesta, y como estaba en la calle todo el día, pues veía cosas. Y cuando veía algo, tomaba una foto.

Un día llevé una foto muy buena que tomé de un accidente. Y ahí estaba el dueño del periódico. La vio y me dijo que si quería aprender a ser reportero. Yo le dije que sí. Ahí mismo llamó a Pat; en ese tiempo Rubén Pat era un cabrón de la nota roja en Playa. Le dijo: “Él es Francisco, yo le digo el Ñaca Ñaca”.

En ese momento como me emputaba que me dijeran así, pa’ qué te voy a mentir, bróder brother, pero con tal de ser reportero me tragué el encabronamiento.

El jefe le dice a Pat: “Quiero que lo enseñes, que lo lleves contigo.” Y me cambiaron la nómina en ese instante, ya no era repartidor. Así me inicié.

Rubén me aceptó desde el primer día. Yo no sabía nada, y él ya tenía todo el colmillo. La nota roja era su mundo. Ese carnal llegaba primero siempre, sabía por dónde entrar, a quién preguntarle, qué tomar y qué no. Yo lo seguía, así de simple.

Cuando el Diario Respuesta cerró en 2016, terminamos siendo socios y juntos levantamos el semanario Playa News.

Rubén no era de explicarte sentado; enseñaba haciendo. Me decía dónde pararme, cuándo esperar y cuándo avanzar. Yo lo veía moverse entre la policía y la gente, y aprendí así, pegado a su chamba.

Y claro… ahí también empezó el bullying por mi forma de hablar. La gente se burlaba, hasta algunos compañeros. Y uno se agüita, ¿no? Pero Rubén nunca me trató mal por eso. Él solo me decía: “Tú dale, Francisco. Dale.”

—Tú empezaste a transmitir en vivo mucho antes de Ocurrió Aquí. ¿Cómo nació esa manera tan directa de contar la nota, de hablarle a la gente así, sin filtro? ¿Por qué elegiste Facebook?

—Eso empezó desde antes de Ocurrió Aquí, sí. Rubén y yo ya transmitíamos en vivo en Playa News. Era más fácil así: llegabas, sacabas el celular y la gente veía lo que estaba pasando al momento, sin esperar a que te publicaran nada.

Al principio, pues, mucha banda no me entendía. Por mi forma de hablar. Tú sabes. Me tiraban carrilla en los comentarios: “¿Qué dijo?”, “No se entiende”, “Hable bien”.

Y yo les decía: “¡Ustedes no hablan ñiki ñiki!” Les repetía la nota una, dos, tres veces, hasta que la agarraban. Y así la gente me fue reconociendo.

Con el tiempo, cuando ya no estuvo Rubén, yo seguí transmitiendo, solo que desde mi página Ocurrió Aquí, esa página creció en putiza. Había un vacío muy fuerte en Playa, y la gente empezó a buscarme más, a seguirme más. Querían saber qué estaba pasando, y yo estaba ahí.

Así se hizo todo esto: con el celular en la mano y la gente del otro lado dándome pitazos que me hacían salir a cualquier hora en mi moto.

—¿Por qué crees que la gente confiaba más en ti que en los noticieros locales?

Esas coberturas que marcaron a Playa la gente las vio conmigo, no en la tele. Como cuando la pipa robada se llevó todo a su paso y yo iba atrás en la moto grabando mientras la policía le disparaba a las llantas. O la noche del Blue Parrot: llegué minutos después y grabé a una muchacha que gritaba “se me murió en las manos”.

También la masacre de la Cervecería Chapultepec. Me entró la llamada en plena transmisión, pregunté “¿dónde, dónde, dónde?”, colgué, prendí la moto y transmití todo el recorrido hasta llegar al lugar. Llegué antes que la policía; todavía no estaba acordonado. Esas imágenes nadie más las tenía. Eso hacía que la gente confiara en mí: yo no esperaba boletines ni comunicados, yo estaba ahí, donde pasaban las cosas.

Y además yo no hablaba bonito, bróder brother. Hablaba como habla la gente. La banda me oía gangoso y se reía, pero se quedaba. Y cuando no entendían, yo les repetía la nota hasta que les quedara clara.

Por eso en algún momento me gané el mismo apodo que Rubén: el informador del pueblo. Creo que confiaban en mí porque yo era uno de ellos, y además daba la cara, sin miedo al ridículo, sin adornos. La pura neta.

—Ñaca, siempre llegabas primero. ¿Cómo funcionaba esa red tuya que te avisaba antes que nadie?
—Eso no se armó de un día pa’ otro, bróder brother. Se fue haciendo con los años, por estar siempre en la calle. No olvides que antes fui repartidor de comida y de periodico. Yo conocía a todos y todos me conocían: camilleros, taxistas, paramédicos, policías. Muchos me tenían en el WhatsApp.

A veces me escribía gente que ni tenía registrada, números desconocidos que solo decían: “Hay un suceso en tal esquina, tal colonia”. Sin nombre, sin explicación. Yo nomás contestaba: “Voy”. Nunca me puse a preguntar quién era. Yo llegaba y confirmaba. Si era falso, no transmitía. Si era real, informaba. Por eso, cuando sonaba el teléfono de madrugada, yo ya sabía: “Ahí viene la nota”.

No me avisaban oficinas ni comunicados. Me avisaba la calle. Los taxistas me pitaban un choque. Los camilleros me mandaban ubicación cuando iba una ambulancia. Algunos policías me decían por dónde entrar o qué colonia estaba movida.

También llegaban mensajes más delicados: datos sobre ejecutados o hechos fuertes enviados por personas que nunca supe quiénes eran. Esa bandita fue la que permitió que, después de que mataran a Rubén, yo pudiera cubrir lo que él cubría.

Y cuando me asesinaron a mí… pues, como dice mi camarada Edwin, quedó un vacío. Un vacío que nadie ha cubierto igual. Porque eso no era solo trabajo: era una comunidad completa avisándose entre sí a través de mí.

—Con todo lo que implicaba este trabajo, ¿qué era lo que te hacía seguir? ¿Qué te movía a seguir contando lo que pasaba en Playa?

—La gente, bróder brother. Cuando estás ahí afuera todos los días te das cuenta de que mucha banda no tiene quién le diga la verdad. Los noticieros llegan tarde, o no llegan, y los comunicados dicen pura mentira.

Pero la gente quiere saber ahorita qué pasó, dónde pasó, si es peligroso, si pueden salir, si su familia está bien. Y yo podía darles eso con un celular y la moto. Nada más.

También porque yo vengo de la calle. Yo no estudié esto. Yo aprendí trabajando, pegado a Rubén, escuchando a la gente, hablando con quien estuviera ahí. Y sentía que ese era mi lugar, mi forma de ayudar.

Cuando transmitía y veía los comentarios —“Bien, Ñaca”, “La voz de los playenses”, “Avísanos si es seguro salir”, “Cuídate, Ñakita”— ahí entendía por qué seguía. No era por la nota roja, era porque la gente confiaba en mí para entender Playa. Por eso siempre regresaba a la calle.

El celular de Francisco vuelve a sonar, se despide rapidamente y retoma su transmisión como si la entrevista hubiera sido apenas un paréntesis.La gente vuelve a comentar y Francisco responde: “¡Compartan! Esto es Ocurrió Aquí, la página de noticias número uno de Playa del Carmen, página oficial de Francisco Romero, mejor conocido como El Ñaca Ñaca. No olviden que pueden contactarse con su amigo al 984 179 7500”.

Apago la grabadora. El Ñaca Ñaca sigue hablando con su audiencia.

Francisco Romero, “El Ñaca Ñaca”, fue asesinado el 16 de mayo de 2019 en Playa del Carmen, Quintana Roo. Tenía 28 años y dejó a un hijo de cinco. Su maestro y socio, Rubén Pat, fue asesinado diez meses antes. Ambos fundaron y dieron voz al semanario Playa News. Hasta hoy colegas y habitantes de Playa coinciden en que su ausencia dejó un vacío informativo que nadie ha logrado ocupar.

Sobre al autor y la tercera mención de honor:

Mariana Beltrán es periodista y documentalista independiente, basada en la península de Yucatán, México. Su trabajo se centra en desaparición, violencia y extractivismo. Ha colaborado con medios como Animal Político, EL PAÍS y Mongabay. Es codirectora de los documentales Buscando a Mayra y Una herida en el sur.

Dirección y museología: Daniel Chaparro. Investigación y archivo: Ángela María Agudelo y Mónica Leguizamón. Producción sonora: Rutas del Conflicto. Diseño: Taller Agosto. Desarrollo: @arroyomaker. Ilustración: Santiago Guevara. Agradecimientos: Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). El contenido presentado es responsabilidad exclusiva de la Fundación Libertad de Prensa y no refleja necesariamente las opiniones de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos.